Soneto IV, Garcilaso de la Vega

Un rato se levanta mi esperanza:
mas, cansada de haberse levantado,
torna a caer, que deja, mal mi grado,
libre el lugar a la desconfianza.

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? ¡Oh corazón cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado;
que tras fortuna suele haber bonanza.

Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso.

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

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Análisis

Peculiarmente este soneto es de los pocos en los que el poeta muestra algo de esperanza al hablar del amor. Está escrito en la primera etapa italiana cuyas fechas coinciden con la boda de Isabel Freyre y su destierro por Colonia, París, el Danubio y finalmente Italia. Tuvo la oportunidad de tener contacto indirecto con uno de los hombres de letras más importantes de la Italia del momento, Andrea Navagero (a la sazón embajador veneciano ante las cortes del emperador Carlos V), quien aconsejaría a Juan Boscán la adopción de la nueva métrica italiana que implicaba el uso del verso endecasílabo y la estructura en estrofas novedosas, produciéndose el contagio en nuestro Garcilaso y Diego Hurtado de Mendoza (casualmente embajador español en Venecia).

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Garcilaso se muestra extenuado, ha luchado mucho, pero su afán pertinaz le hace mantenerse fuerte y decide proseguir en el empeño de su amada. Pueden verse dos actitudes bien diferenciadas. La primera corresponde a los cuartetos y muestra un temperamento derrotista.

La segunda extraída de los tercetos responde a todo lo contrario; aquí la intención es arrebatadoramente luchadora. Es significativa la evocación de la naturaleza como el más digno rival del paradigma del hombre. Y lo dice de manera exagerada usando el recurso de la hipérbaton. Otra constante.

Sin embargo en el último terceto, Garcilaso se encomienda al coraje y resuelve el problema del obstáculo únicamente con su ímpetu de enamorado, pero sin estridencias, con vigorosidad y sin ápice de sentimentalismo: “muerte, prisión no pueden… / quitarme de ir a veros… / desnudo espirtu…”.

La mención a la prisión evidentemente hace referencia a su destierro en función de su sentimiento, apresado por mandato imperial en Guipúzcoa cuando acompañaba a don Fernando Álvarez de Toledo, futuro duque de Alba, en dirección a Flandes en febrero de 1532. Pero la mayor baza de Garcilaso, hemos tenido ocasión de comprobarlo, es el impulso amoroso. No está dispuesto a que nada ni nadie le impida ir en busca del deseado encuentro con su amada, destacando el primer verso del último terceto.

Sabemos que el destierro en Nápoles al servicio del virrey don Pedro de Toledo (1532-34) infundió en él la debida madurez literaria, allí se codeó con personajes notables y frecuentó los círculos intelectuales más señalados. Fue precisamente en esta ciudad donde tuvo la oportunidad de repasar con Juan Boscán El Cortesano de Castiglione, cuya traducción fue llevada a imprenta a finales de 1533. En definitiva, valga pronunciar el dicho “no hay mal que por bien no venga” para resumir este retiro bienal sin olvidarnos, por supuesto, de que Garcilaso volvería a Toledo “a fuerza de brazos […] desnudo espirtu o hombre en carne y hueso”.


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