Soneto del vino, Jorge Luis Borges

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¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

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Análisis

Cuando uno lee este soneto, la imagen que se le viene a la cabeza es la de un cuadro en el que barcos protagonista. Una fiesta en el que discurren alegría, la música, la historia que se repite una y otra vez en diferentes culturas y artes y, como no podía ser otra manera, en el vino.

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El vino siempre se ha asociado en la mayoría de las referencias artísticas a momentos de ocio y de festividad. En la primera estrofa se nos muestra este planteamiento. En todos los reinos, a lo largo de la historia, en los grandes palacios y en los momentos del año más concretos, en esa conjunción de los astros, el vino, en el otoño, aparece para llenarlos de alegría a todas las personas. Siempre hay una festividad en honor a la vendimia, a la recogida de la uva para su posterior conversión en esa medida que, en un primer momento nos hace sentir más liberados, más felices, haciendo que la fiesta se convierta en un foco de alegría.

En la segunda estrofa se ahonda en esta idea con la metáfora del oro, ese color dorado de las hojas, cuando el sol del atardecer otoñal cae inclinado en un momento muy concreto del día. El color rojo del vino corre como la sangre por las personas que recogen la uva, que la guardan en sus toneles y que el resto de los hombres beben. El vino, además, si se cuida, puede durar mucho tiempo, ese “río del tiempo”, ha sido fuente de inspiración para la música, ha iniciado amores, incendios y luchas.

En el primer terceto, se nos describe el vino como una especie de medicina que nos ayuda a ser felices y, al mismo tiempo, nos ayuda a esquivar el miedo. También se nos vuelva hacer referencia al dios Baco, con ese ditirambo, esa composición poética en loor a este dios griego.

En el último terceto se sigue hablando de este dios, que con otro nombre, en otra lengua, a través de otro pueblo o imperio, ha existido con las mismas características. El vino se dé como algo etéreo, como cuando produce resaca, por un lado podemos ver, en algunos momentos de lucidez cuando bebemos vino, de manera nítida nuestra propia historia, nuestra propia vida y, al mismo tiempo, ese mismo acto de ver, en exceso, nos produce el olvido, el desmayo, el hacer desaparecer nuestra propia realidad.

Estamos ante un poema que mezcla la divinidad, su representación a través del arte y de la historia, desde el punto de vista literario y del mito, con la realidad del propio poeta, ayudándolo a expresar sus sentimientos.

El vino es una bebida sagrada y al mismo tiempo terrenal, digna de los dioses y también de los seres humanos, una bebida extraída de algo tan sencillo como una uva y al mismo tiempo con la capacidad de hacernos transportar a mundos increíbles y bacanales.


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