La Sangre Derramada, Federico García Lorca

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¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué buen serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

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Análisis

Este poema de García Lorca es el tercero de los cuatro cantes de la gran obra poética titulada: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Este poema está dedicado a un amigo suyo, torero, que murió en la plaza, corneado por un toro, reflejando de manera magistral lo ocurrido en ese día.

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En este cante, el poeta no quiere ver la sangre del torero que mana de la cornada. Desea que llegue la noche para no tener que ver la sangre, ya sea fresca o coagulada. La luna está en lo alto, llena y lo ilumina todo, dando a los caballos ese color pálido, como reflejo de la tragedia que está ocurriendo. Para darle mayor dramatismo al poema, aparece la imagen de las barreras, que semejan la madera de los ataúdes. La muerte acecha.

El recuerdo del torero se va con la imagen de la muerte que tiene frente a él. El jazmín es la representación del apego, de la amistad, del cariño. El poeta no quiere que se muera, quiere que siga a su lado. El toro, que ha corneado al torero, se restriega el hocico con la sangre que se está derramando. Ni siquiera los toros de guisando, esculturas, soportan la imagen y la pérdida del torero.

Éste buscaba el triunfo y encontró la muerte. El toro tenía que entrar por el lado que quería el torero, pero este lo córneo hiriéndole de muerte. Se desangró rápido y en la plaza. En el público hay una mezcla de olor a sangre, cuero, sudor y hambre de fiesta y peligro.

El poeta no quiere ver la sangre ni que se le anime a verla. Él vio como los cuernos se clavaban en la piel del torero. Incluso la madre de este lo anotó. Todo se oscureció y el aire que portaba la plaza palideció del terror ante la cornada mortal. Para el poeta, Ignacio Sánchez Mejías era el mejor torero por belleza, realeza, técnica, fuerza y valor.

Fuerte, valiente y con un cuerpo que al poeta le recordaba a los héroes del imperio romano. Además era culto y bello. Valiente en el ruedo y amable fuera de él. El último recuerdo que el poeta tiene de él sol las últimas banderillas que clavo. Ahora sólo queda su recuerdo.

Su cuerpo ya está corrupto. Su sangre se mezcló con la tierra y a su vez con el agua que bañan las marismas, que pisan las pezuñas de otros toros. El río se llenó de Ignacio Sánchez Mejías y de su sangre. Nada puede calmar el dolor de la pérdida y el recuerdo doloroso de la sangre del torero en el ruedo. Por eso, García Lorca, poeta y amigo, no quiere ver la sangre derramada.


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