Romance de la Luna, Federico García Lorca

Publicidad
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.

>> Siguiente >>

Análisis

La blancura, la pureza de la luna, su luz atrae la mirada del pequeño. La luna se personifica y desea amamantar, alimentar al pequeño. El poeta le advierte que huya porque la venganza por parte de la familia del pequeño puede ser terrible, mortal. Algo nefasto ocurre. La luna se dirige al pequeño para que descanse, para que duerma y quiere ayudarle con su baile.

Publicidad

La luna siente la presencia de la familia del pequeño y siente a este rígido. La familia se acerca, el pequeño parece descansar. Los gitanos, color de piel bronce, como las estatuas antiguas, temen que haya pasado algo y sus gestos lo delatan así, de la misma forma que la mirada. La luna no es tal, la luna es la muerte que se va llevándose al pequeño. En la fragua, en la casa, hay un velatorio donde se llora y se sufre la pérdida del niño.

La infancia es un tema importantísimo en la obra de García Lorca. No solamente es un milagro el nacimiento de cualquier bebé sino que dedica parte de su obra poética a la infancia, a los más pequeños, así como parte de su obra musical. Sin embargo, la misma manera que muchos de sus poemas buscan la alegría, la felicidad de los más pequeños, también es consciente de la gran mortalidad infantil que hay en la sociedad.

Es por ello que en este poema refleja esa parte más real, menos alegre, menos feliz. La muerte de un niño provoca el dolor de toda la familia, el sufrimiento por la pérdida de un niño que tenía toda su vida por delante y al mismo tiempo nos ofrece una visión de la muerte magnánima, dulce, sin dolor. Por eso es muy bello e importante la figura de la muerte pero personificada en la luna.

De esta manera se nos hace más cercana, menos dolorosa y, sobre todo, más bella, aunque estemos hablando de algo tan duro como es la muerte de un bebé. Sin embargo, García Lorca tiene esa capacidad para hacernos estar pegados al poema hasta el final del último verso. Teje de una manera muy sutil la temática y la envuelve en una especie de danza, de imágenes muy agradables que esconden lo duro de la pérdida.


Volver Inicio