Piececitos, Gabriela Mistral

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Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!

¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!

El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;

que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.

Sed, puesto que marcháis
por los caminos rectos,
heroicos como sois
perfectos.

Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!

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Análisis

La infancia es el tema principal de este poema de Gabriela Mistral. Lo rodea todo, está presente en cada verso. Sin embargo, la visión de esta infancia no es extremadamente positiva. La infancia que se nos presenta a lo largo del poema se va perdiendo poco a poco, se deja de lado, se ignora, como si fuera algo que molestara, que no sirve para nada. Nos volvemos ciegos emocionales y ciegos físicos porque parece que queremos que esta etapa de la vida se vea como una molestia constante.

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A lo largo de las estrofas, que parecen unas seguidillas, casi como una canción infantil, se nos expone claramente la intención de la escritora. En la primera hay toda una declaración de intenciones. Se nos presenta a un niño incompleto, la imagen de presentarnos sólo sus pies, es decir, un ser sin rostro, sin personalidad, que está enfermo. La muerte de un niño es algo terrible, la imagen hipotérmica, cianótica, desvalida, contrasta con la inhumanidad de dejarlo a la intemperie, desnudo, frío, sin una sábana que lo cubra de la mirada de la muerte y de otras personas.

Se nos presenta una infancia terrible, llena de dolor, con obstáculos. Es como si se impidiera, desde el nacimiento, que un niño pase la tapa de la infancia como se debe pasar. Se le machaca para ser algo que no se sabe si quiere ser. En ningún momento se da una imagen cálida de la infancia, será la imagen de un camino por el que es casi imposible andar sin que duela, sin que te hiera y, además, llena de dificultades y penurias. En ningún momento se dan referencias amables o de cariño.

En la tercera estrofa se ahonda en un problema que, cada vez más, está presente en nuestra sociedad. La insensibilidad creciente de las personas. Ante el sufrimiento ajeno, apartamos la vista, lo ignoramos y, emocionalmente, lo apartamos de nuestro pensamiento como si nunca hubiera existido. La infancia parece la etapa que nosotros no hayamos vivido y, sin embargo, es la esencia de nuestra vida, porque es la que nos va a marcar nuestra personalidad, nuestra manera de sentir, de relacionarnos, de vivir. El perfume de la flor del narrador era algo que muy pocos podían tener, estaba sólo al alcance de los más poderosos y ricos. La infancia es el perfume único y exclusivo que cada uno de nosotros ha tenido.

En la penúltima estrofa, de forma imperativa, se nos muestra a los niños como un ejército heroico de seres perfectos y, al mismo tiempo libres de mala conciencia.

En la última estrofa, aun cuando la infancia es un diamante en potencia, una joya que podemos pulir, se incide nuevamente en la ceguera de las personas adultas y en la imagen final de que la infancia es algo que, poco a poco, se va extinguiendo.


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