Pena y Alegría del Amor, Rafael De León

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A José González Marín

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.

Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.

¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!

Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.

Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.

Ayer, en la Plaza Nueva,
—vida, no vuelvas a hacerlo—
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
—¡ay, Virgen de los Remedios!—
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.

¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!

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Análisis

En este poema vamos a ver como los condicionantes sociales son insalvables en una relación amorosa entre dos hombres, casados y con familia, pero que están enamorados el uno del otro. El protagonista del poema se estremece al recordar a quien dedica el poema. No es capaz de contener el dolor que le producen las heridas emocionales que tiene. Sufre como si fueran reales. Nota como su sangre corre en las venas rápidamente.

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Él está casado y al mismo tiempo, enamorado de otro hombre, de una persona de su mismo sexo. Es consciente de los muros sociales que los separan y también que, si se supiera, serían repudiados por el pueblo. Por eso es un amor secreto y correspondido, pero tiene que ser así, oculto. Hay un contraste entre el amor correspondido y, al mismo tiempo la racionalidad del tener que ocultarse.

El poeta desea dormir junto a su amado y soñar juntos. Para él es un suplicio la distancia tan cercana entre ellos. Desea dormir con él, amarlo, desearlo y tener sexo con él. Este sentimiento que tiene hacia su amado duele porque no pueden estar juntos.

El amor que los une es fuerte, pero sufren porque han de estar separados. Tiene miedo por las represalias que pueda haber si se conoce su relación. Hay una referencia a uno de los cuentose de las 1000 y una noches, en la que los dos amantes, hombres también, mueren al caer una espada que estaba sobre el lecho, colgada del techo, como un adorno. Esta, al descolgarse cae, los atraviesa, muriendo juntos, ensartados por esta, en la cama.

El pañuelo que se queda el poeta es una prueba de amor robada, ese recuerdo, la presencia del amado en la vida del poeta de manera constante. El amado desconoce que tenga esa prenda. Sentirla a su lado hace que lo desee más. Es el zumo de amor que alimenta su alma porque está profundamente enamorado de él.

El poeta tiene hijos. Ambos hombres se han encontrado y el amado ha besado al hijo del poeta. Este ha sentido celos porque deseaba que lo besara a él. Para este fue como si lo besará a través de su pequeño. Al estar en casa, besa a su hijo donde lo hizo su amado, para poder sentirlo en sus labios. Es un beso robado a su amor.

En este poema hay una lucha entre el amor y la tristeza de no poder estar juntos. El poeta prefiere ese amor prohibido a no tener cerca a su amado, a perder la relación que tienen. Él lo ama y si su amor tiene que ser secreto, sufrido, etc., será así. Hay un final circular en el que el poeta vuelve a profesar su amor hacia el amado.


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