Paquito, Salvador Díaz Mirón

Publicidad
Cubierto de jiras,
al ábrego hirsutas
al par que las mechas
crecidas y rubias,
el pobre chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz de sollozos
revienta y murmura:
«Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«¡Qué bien que me acuerdo!
La tarde de lluvia;
las velas grandotas
que olían a curas;
y tú en aquel catre
tan tiesa, tan muda,
tan fría, tan seria,
y así tan rechula!
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Buscando comida,
revuelvo basura.
Si pido limosna,
la gente me insulta,
me agarra la oreja,
me dice granuja,
y escapo con miedo
de que haya denuncia.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Los otros muchachos
se ríen, se burlan,
se meten conmigo,
y a poco me acusan
de pleito al gendarme
que viene a la bulla;
y todo, porque ando
con tiras y sucias.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Me acuesto en rincones
solito y a obscuras.
De noche, ya sabes,
los ruidos me asustan.
Los perros divisan
espantos y aúllan.
Las ratas me muerden,
las piedras me punzan...
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Papá no me quiere.
Está donde juzga
y riñe a los hombres
que tienen la culpa.
Si voy a buscarlo,
él bota la pluma,
se pone muy bravo,
me ofrece una tunda.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

>> Siguiente >>

Análisis

El poeta nos presenta una realidad social triste, pero no excepcional. La pérdida de una madre y la indiferencia y maltrato de un padre aboca a un pequeño buscarse la vida, a vivir sólo, sin nada y sin nada en lo que apoyarse, salvo la promesa a la madre muerta de ser un buen hijo, aunque eso no la devuelva.

Publicidad

El pequeño, ante la tumba de su madre, con aspecto desaliñado, recuerda a esta la promesa que le ha hecho: ser un buen hijo. El cielo curvo, como un ojo que todo lo ve, no expresa nada, lo que nos hace sentir que si el hijo esperaba una respuesta amable, no la tendrá. Le viene a la mente el recuerdo del velatorio, día triste y al mismo tiempo, esa “rechula” nos habla de lo importante que era la figura materna para él y, nuevamente, la promesa que le hizo.

Ese cielo sigue insensible a la búsqueda de consuelo. Su situación le ha obligado a buscar comida donde sea, ser pobre, sin recursos, pero cumpliendo lo prometido de ser bueno. Nada parece darle una esperanza. Los otros niños lo rechazan y lo comprometen, lo rebajan, etc., pero él no renuncia a lo que le dijo a su madre antes de morir.

El miedo a la oscuridad, que las criaturas de la noche lo ataquen lo asustan, incrementan esa imagen infantil y frágil del pequeño, bueno y que siente a su madre cerca. El cielo sigue imperturbable. El padre, con el que no quiere estar, lo maltrata física y psicológicamente. No le quiere, pero aun así la promesa a su madre es casi algo sagrado, por eso lo sigue respetando. Sin embargo ese ojo que todo lo ve, ese cielo curvo que lo persigue cada día de su vida al final, continúa imperturbable, observador ajeno que nos hace sentir que no hay esperanza para el pequeño.

Cuando acabamos de leer este poema nos queda una sensación de tristeza dentro de nuestro cuerpo, seguramente porque la infancia es algo que hay que proteger, y cuando vemos que la realidad nos da en la cara, sentimos que nos caímos de bruces y que no podemos hacer nada por evitar que esto suceda.

El poeta nos coloca delante de una situación que no sabemos si ha sido inventada o ha pasado de manera real, porque lo que si es cierto es que no es ajena nosotros, a nuestro interior. Nos hace bajar de ese pedestal en el que, en ocasiones, estamos y que nos alejan de lo cotidiano, de las cosas reales que suceden cada día y de las que, en muchas ocasiones, no somos conscientes. Nos hace darnos cuenta de lo que tenemos y de lo que muchos no alcanzarán a tener nunca.


Volver Inicio