Oda a Salvador Dalí, Federico García Lorca

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Una rosa en el alto jardín que tú deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
Desnuda la montaña de niebla impresionista.
Los grises oteando sus balaustradas últimas.

Los pintores modernos en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.
En las aguas del Sena un ice-berg de mármol
enfría las ventanas y disipa las yedras.

El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.
Los cristales esquivan la magia del reflejo.
El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.
La máquina eterniza sus compases binarios.

Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos
yerra por los tejados de las casas antiguas.
El aire pulimenta su prisma sobre el mar
y el horizonte sube como un gran acueducto.

Marineros que ignoran el vino y la penumbra,
decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene
el espejo redondo de la luna en su mano.

Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venus es una blanca naturaleza muerta
y los coleccionistas de mariposas huyen.

* * *

Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,
eleva escalinatas y oculta caracolas.
Las flautas de madera pacifican el aire.
Un viejo dios silvestre da frutas a los niños.

Sus pescadores duermen, sin ensueño, en la arena.
En alta mar les sirve de brújula una rosa.
El horizonte virgen de pañuelos heridos,
junta los grandes vidrios del pez y de la luna.

Una dura corona de blancos bergantines
ciñe frentes amargas y cabellos de arena.
Las sirenas convencen, pero no sugestionan,
y salen si mostramos un vaso de agua dulce.

* * *

¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!
No elogio tu imperfecto pincel adolescente
ni tu color que ronda la color de tu tiempo,
pero alabo tus ansias de eterno limitado.

Alma higiénica, vives sobre mármoles nuevos.
Huyes la oscura selva de formas increíbles.
Tu fantasía llega donde llegan tus manos,
y gozas el soneto del mar en tu ventana.

El mundo tiene sordas penumbras y desorden,
en los primeros términos que el humano frecuenta.
Pero ya las estrellas ocultando paisajes,
señalan el esquema perfecto de sus órbitas.

La corriente del tiempo se remansa y ordena
en las formas numéricas de un siglo y otro siglo.
Y la Muerte vencida se refugia temblando
en el círculo estrecho del minuto presente.

Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,
pides la luz que anima la copa del olivo.
Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,
donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Pides la luz antigua que se queda en la frente,
sin bajar a la boca ni al corazón del bosque.
Luz que temen las vides entrañables de Baco
y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.

Haces bien en poner banderines de aviso,
en el límite oscuro que relumbra de noche.
Como pintor no quieres que te ablande la forma
el algodón cambiante de una nube imprevista.

El pez en la pecera y el pájaro en la jaula.
No quieres inventarlos en el mar o en el viento.
Estilizas o copias después de haber mirado,
con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.

Amas una materia definida y exacta
donde el hongo no pueda poner su campamento.
Amas la arquitectura que construye en lo ausente
y admites la bandera como una simple broma.

Dice el compás de acero su corto verso elástico.
Desconocidas islas desmiente ya la esfera.
Dice la línea recta su vertical esfuerzo
y los sabios cristales cantan sus geometrías.

* * *

Pero también la rosa del jardín donde vives.
¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!
Tranquila y concentrada como una estatua ciega,
ignorante de esfuerzos soterrados que causa.

Rosa pura que limpia de artificios y croquis
y nos abre las alas tenues de la sonrisa
(Mariposa clavada que medita su vuelo).
Rosa del equilibrio sin dolores buscados.
¡Siempre la rosa!

* * *

¡Oh, Salvador Dalí de voz aceitunada!
Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros.
No alabo tu imperfecto pincel adolescente,
pero canto la firme dirección de tus flechas.

Canto tu bello esfuerzo de luces catalanas,
tu amor a lo que tiene explicación posible.
Canto tu corazón astronómico y tierno,
de baraja francesa y sin ninguna herida.

Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua,
el miedo a la emoción que te aguarda en la calle.
Canto la sirenita de la mar que te canta
montada en bicicleta de corales y conchas.

Pero ante todo canto un común pensamiento
que nos une en las horas oscuras y doradas.
No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

Es primero que el cuadro que paciente dibujas
el seno de Teresa, la de cutis insomne,
el apretado bucle de Matilde la ingrata,
nuestra amistad pintada como un juego de oca.

Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro,
rayen el corazón de Cataluña eterna.
Estrellas como puños sin halcón te relumbren,
mientras que tu pintura y tu vida florecen.

No mires la clepsidra con alas membranosas,
ni la dura guadaña de las alegorías.
Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire
frente a la mar poblada de barcos y marinos.

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Análisis

Este poema de Federico García Lorca es una declaración de amor correspondido. Ofrece una imagen de Dalí fuerte, enorme y la de un pintor que encuentra su camino artístico. Atrás queda la tristeza, los claroscuros y llega de color, la vida, la felicidad al lado de Dalí.

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Se buscará la simplicidad y no lo complejo de los maestros anteriores. Lo antiguo no expresa lo suficiente y queda una sensación de vacío, de no decir nada. En Francia, en París, parece que se frena la libertad en muchos ámbitos. Hay una falta de creatividad, falta de color, de primavera. También hay decisiones gubernamentales que afectan a lo cotidiano de la vida en esa ciudad, como es el cierre de las casas de prostitución. Los dos artistas, beben de los clásicos, pero no se parecen a ninguno.

Cadaqués, a diferencia de París, carece de la enorme cantidad de casas de esta ciudad francesa. Pero las que hay son muy antiguas. Tiene mar, el aire limpio y el horizonte, además del agua fresca que ver. Los marineros faenan de noche, con lo que no hay miedo a las sirenas. La luna es la luz que refleja el sol. Dalí es el pintor que juega con los límites y lo supera. Crea nuevas ideas y las plasma ante el asombro de todos, incluidos los coleccionistas.

Cadaqués es el lugar donde vive Dalí, desde donde se ve todo lugar, en lo alto. Rodeado de árboles, esas flautas de madera de las que habla, que dan frutas, de los que se puede vivir en aquel lugar. Los marineros desean pescar, pero no sueñan. Únicamente se puede soñar con los ojos abiertos, con un atardecer rojo y la imagen de los peces saltando en el agua, pasando por delante de la luna.

El color blanco de los barcos de pesca, cerca de la orilla, nos dicen que están faenando. No hay nada fantástico en la pesca, no hay ensoñación. También nos presenta un Dalí moreno, joven y sexualmente muy activo, haciendo una mención sutil por el gusto del onanismo de este pintor. El poeta alaba el deseo del pintor por hacer algo nuevo, eterno, en lo limitada que es la vida. Se refiere a Dalí como creador de un estilo pictórico único, nuevo, que influirá en este arte, huyendo de formas que sólo se queden en la imagen sin que digan nada, aunque sean increíbles.

La creatividad de Dalí, su fantasía, llega al lienzo a través de sus manos en parte, su pintura es poesía, el reflejo también de los paisajes de Cadaqués. Es posible que al principio nos entienda su arte o cueste captarla, pero Lorca cree que el pintor sabe qué quiere hacer y cómo hacerlo.

Dalí se adapta y bebe de las corrientes actuales, creando la suya propia. Cada día es único y puede ser el último. Por eso la creatividad se vive al momento, no se aplaza hasta el día siguiente. El tiro en el ala se refiere al agujero de la paleta donde entra el dedo para asirla. Dalí quiere la inspiración como algo religioso, como la copa de la eucaristía. Se siente tocado por Minerva, la diosa de los artesanos. Siente que quiere crear siempre y sus cuadros han de ser perfectos.

El poeta siente que el pintor bebe de los clásicos sin quedarse en ellos. Es un nuevo artista que se emborracha de su creatividad surrealista. Dalí, como pintor, se posiciona para que todos vean quién es y que lo que pinta, su estilo, está definido. Refleja lo que ve con sus ojos, lo retiene, lo guarda y lo transforma en algo propio y nuevo a la vez.

Dalí es concreto, todo en su pintura es estudiado y cada elemento tiene un porqué, aunque en ocasiones busca el guiño divertido con el espectador. En las pinceladas de sus obras podemos ver muchas imágenes, como pueden ser las cuerdas de la guitarra, las esferas, líneas rectas y transparencias.

Lorca expresa su amor Dalí. Todo gira en torno a ellos. Él es su rosa de los vientos. Siente un amor puro por el pintor y está lleno de felicidad, que no quiebra. Está enamorado de él como pintor y persona, además de ser humano. Vuelve a mostrarnos una referencia a la sexualidad de Dalí, asociada a su onanismo, aunque Lorca se siente correspondido.

Lorca también ama el amor del pintor a Cataluña, a su cultura y saber, a su capacidad de querer y al amor que hay entre ambos sin fisuras. Habla del Dalí que desea ser eterno y del artista al que le aterra el reconocimiento del pueblo. Habla de la importancia del mar en su obra. Ante todo, lo más importante para Lorca es el amor que siente hacia el pintor, su relación y la creatividad que se retroalimentan.

Cada cuadro que pinta Dalí, cada dibujo que realiza, Lorca siente que tiene algo de él, de su relación, de su amor. Cuanto más pinta, cuanto más crea, Dalí es más parte de la historia de Cataluña, de España y del mundo. El poeta pide al pintor que no piense en el paso del tiempo, esa clepsidra de la que habla, y en la muerte. Desea que nunca le falte el mar, el paisaje de Cadaqués, que es fuente nueva de inspiración de su obra.


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