Muerto de amor, Federico García Lorca

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¿Qué es aquello que reluce
por los altos corredores?
Cierra la puerta, hijo mío,
acaban de dar las once.
En mis ojos, sin querer,
relumbran cuatro faroles.
Será que la gente aquélla
estará fregando el cobre.

*

Ajo de agónica plata
la luna menguante, pone
cabelleras amarillas
a las amarillas torres.
La noche llama temblando
al cristal de los balcones,
perseguida por los mil
perros que no la conocen,
y un olor de vino y ámbar
viene de los corredores.

*

Brisas de caña mojada
y rumor de viejas voces,
resonaban por el arco
roto de la media noche.
Bueyes y rosas dormían.
Solo por los corredores
las cuatro luces clamaban
con el fulgor de San Jorge.
Tristes mujeres del valle
bajaban su sangre de hombre,
tranquila de flor cortada
y amarga de muslo joven.
Viejas mujeres del río
lloraban al pie del monte,
un minuto intransitable
de cabelleras y nombres.
Fachadas de cal, ponían
cuadrada y blanca la noche.
Serafines y gitanos
tocaban acordeones.
Madre, cuando yo me muera,
que se enteren los señores.
Pon telegramas azules
que vayan del Sur al Norte.
Siete gritos, siete sangres,
siete adormideras dobles,
quebraron opacas lunas
en los oscuros salones.
Lleno de manos cortadas
y coronitas de flores,
el mar de los juramentos
resonaba, no sé dónde.
Y el cielo daba portazos
al brusco rumor del bosque,
mientras clamaban las luces
en los altos corredores.

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Análisis

Federico García Lorca muestra este poema la muerte por amor, no como algo metafórico, sino como algo real. Quizá no por amor a alguien, sino por amor a la propia vida. A través de las tres partes del poema, va a ir describiendo la muerte, a manos de hombres armados, de jóvenes de pueblo, que no tiene que ser el suyo, que puede ser de cualquier pueblo de España en una época de represalias.

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En la primera estrofa se nos presenta el miedo que recorre a todos los habitantes del pueblo, la incertidumbre del qué pasara. A partir de las 12 de la noche, hay un toque de queda. Hay mucho miedo porque los soldados, con faroles de cobre, han vuelto de hacer un “paseo” y, por lo que parece, están limpiando los faroles de las salpicaduras de sangre.

En la segunda estrofa nos habla de que la luna, en cuarto menguante, y cuya forma recuerda a la de un bajo, rebota una luz amarilla a las torres. Esa luz, es la luz de los candiles que tiemblan, que se reflejan intermitente y temblorosamente en los cristales de los balcones de las casas. La noche suena a perros que ladran a la luna, habiendo, seguramente de los hombres armados ebrios, cuyo color y brillo, que es el de la sangre, seguramente ha salpicado a los cristales del farol.

En la última estrofa, la más larga de las tres, se nos comienza a describir que cerca de donde hay cañas es donde seguramente ha habido muertos. Pero todo se circunscribe a rumores. Hay una nueva aparición de soldados que pasan sin que nadie se asome. Los muertos de los que se habla son de jóvenes que dejan viudas a sus jóvenes esposas. Y estas son las que tienen que traer los cuerpos ensangrentados desde el lugar en el que fueron asesinados hasta el pueblo. Las plañideras del pueblo son las que lloran por todos los muertos. Las paredes reflejan la luz blanca, de la cal, sobre los muros exteriores encalados, seguramente algunos de los lugares en los que se fusilaron y asesinaron a los hombres.

Al final, el poeta desea que sus muertes se conozcan, que se sepa quién y cuándo han sido fusilados. El poeta habla de que estos fusilamientos, asesinatos se harán cuando no haya luna, a escondidas y por orden de altas estancias, gente oscura con sus galones.

Al final, de estos hombres sólo quedará recuerdo y las manos cortadas, manos de cera como las que se presenta el día de difuntos a los santos.

Finalmente, se buscaran las luces de los hombres armados fuera del pueblo, porque será la única forma de saber dónde estarán los cadáveres que los jóvenes que vuelvan a matar.


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