La oración del ateo, Miguel de Unamuno

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Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.

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Análisis

Nos encontramos ante uno de los poemas escritos por el célebre escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936). Miguel de Unamuno fue el máximo exponente de la Generación del 98 y su obra resultó realmente fructífera: escribió ensayos, novelas, obras de teatro y poesía.

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En 1880 comenzó sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, a los que dedicaría unos cuatro años. Posteriormente realizó su tesis doctoral sobre Lengua Vasca. Formó parte desde el año 1894 al 1897 de la Asociación Socialista de Bilbao, etapa tras la cual sufriría un episodio depresivo. En el año 1900 fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca, pero catorce años después fue destituido y desterrado por su inclinación política. Se marchó a Francia, donde residió hasta una vez terminada la dictadura de Primo de Rivera. Fue entonces cuando volvió a Salamanca y pudo desempeñar de nuevo sus labores como rector y catedrático en la Universidad unos doce años más.

Unamuno inspiró los temas de sus obras en los conflictos interiores que sufre el ser humano, trató de buscar y valorar el punto intermedio entre fe y razón, reflexionó sobre la existencia de Dios, sobre el sentido de la religión, sobre la muerte y sobre el paso del tiempo.

Y en este poema, sin ir más lejos, trata el tema de la existencia de Dios. Sus versos representa la oración de un ateo. Se expresa como si de una persona que niega la existencia de Dios se tratara: “Tú, Dios que no existes” (verso 1). Y emplea la segunda persona del singular, con la que el sujeto (el ateo) habla paradójicamente con Dios, que aunque ausente e inexistente, lo estará escuchando allá donde se halle.
El poema es un soneto, es decir, dos estrofas de cuatro versos y otras dos de tres versos cada una; todos los versos son endecasílabos y la rima es la siguiente: ABBC ABBC DED EFE.

En la primera estrofa el ateo está culpando a su dios inexistente de engañar a los pobres, y le pide que escuche sus “quejas” acercándose irónicamente a la forma real de las oraciones de los fieles: “acepta nuestras súplicas”. En la segunda estrofa le dice que cuanto menos piensa en la idea de dios más tranquilo se encuentra. En la tercera estrofa vuelve a reconocer que Dios existe de manera paradójica. Según la persona que habla, dios posee grandes dimensiones no por su inmensidad u omnipotencia sino porque simplemente es una Idea, y las ideas son grandes pero no tienen necesariamente porqué existir. El final del poema es sorprendente, pues el infiel le confiesa a su dios – idea que si existiera realmente, él, el ateo, también estaría seguro de estar existiendo.

Según los datos biográficos de Unamuno sabemos a ciencia cierta que creía en Dios y que era cristiano; aunque también sabemos que recibió ciertas críticas por parte de la iglesia, quizás por escribir versos como estos que nos ocupan.

La finalidad del poeta es expresar que, así como tenemos que creer en Dios por fe y no siempre de manera razonable, la existencia del ser humano es en igual grado relativa.


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