Invernal, Rubén Darío

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Noche. Este viento vagabundo lleva
las alas entumidas
y heladas. El gran Andes
yergue al inmenso azul su blanca cima.
La nieve cae en copos,
sus rosas transparentes cristaliza;
en la ciudad, los delicados hombros
y gargantas se abrigan;
ruedan y van los coches,
suenan alegres pianos, el gas brilla;
y si no hay un fogón que le caliente,
el que es pobre tirita.

Yo estoy con mis radiantes ilusiones
y mis nostalgias íntimas,
junto a la chimenea
bien harta de tizones que crepitan.
Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡Si estuviese
ella, la de mis ansias infinitas,
la de mis sueños locos
y mis azules noches pensativas!
¿Cómo? Mirad:
De la apacible estancia
en la extensión tranquila
vertería la lámpara reflejos
de luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría;
el golpe de la lluvia en los cristales,
y el vendedor que grita
su monótona y triste melopea
a las glaciales brisas.
Dentro, la ronda de mis mil delirios,
las canciones de notas cristalinas,
unas manos que toquen mis cabellos,
un aliento que roce mis mejillas,
un perfume de amor, mil conmociones,
mil ardientes caricias;
ella y yo: los dos juntos, los dos solos;
la amada y el amado, ¡oh Poesía!
los besos de sus labios,
la música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.

¡Oh! ¡Bien haya el brasero
lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
rubíes y amatistas
en la ancha copa etrusca
repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
las almohadas mullidas,
las pieles de Astrakán, los besos cálidos
que dan las bocas húmedas y tibias.
¡Oh, viejo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.

Sí, estaría a mi lado,
dándome sus sonrisas,
ella, la que hace falta a mis estrofas,
esa que mi cerebro se imagina;
la que, si estoy en sueños,
se acerca y me visita;
ella que, hermosa, tiene
una carne ideal, grandes pupilas,
algo del mármol, blanca luz de estrella;
nerviosa, sensitiva,
muestra el cuello gentil y delicado
de las Hebes antiguas;
bellos gestos de diosa,
tersos brazos de ninfa,
lustrosa cabellera
en la nuca encrespada y recogida
y ojeras que denuncian
ansias profundas y pasiones vivas.
¡Ah, por verla encarnada,
por gozar sus caricias,
por sentir en mis labios
los besos de su amor, diera la vida!
Entre tanto hace frío.
Yo contemplo las llamas que se agitan,
cantando alegres con sus lenguas de oro,
móviles, caprichosas e intranquilas,
en la negra y cercana chimenea
do el tuero brillador estalla en chispas.

Luego pienso en el coro
de las alegres liras.
En la copa labrada, el vino negro,
la copa hirviente en cuyos bordes brillan
con iris temblorosos y cambiantes
como un collar de prismas;
el vino negro que la sangre enciende,
y pone el corazón con alegría,
y hace escribir a los poetas locos
sonetos áureos y flamantes silvas.
El Invierno es beodo.
Cuando soplan sus brisas,
brotan las viejas cubas
la sangre de las viñas.
Sí, yo pintara su cabeza cana
con corona de pámpanos guarnida.
El Invierno es galeoto,
porque en las noches frías
Paolo besa a Francesca
en la boca encendida,
mientras su sangre como fuego corre
y el corazón ardiendo le palpita.
?¡Oh crudo Invierno, salve!
puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.

Ardor adolescente,
miradas y caricias;
cómo estaría trémula en mis brazos
la dulce amada mía,
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor, savia divina.
En la alcoba la lámpara
derramando sus luces opalinas;
oyéndose tan sólo
suspiros, ecos, risas;
el ruido de los besos; vla música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla en chispas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría.

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Análisis

El cóndor vuela alto, sobre el aire frío de la cordillera de los Andes, cubierta de nieve. El frío y la nieve lo cubren todo. Se siente en el cuerpo, en lo que nos rodea y se busca el calor de la estufa y la comida. Los pobres pasan frío. El poeta, al calor de la lumbre, tiene sentimientos encontrados.

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Desea estar junto a la amada en ese momento de frío y noches despejadas. En su mente, ella está junto a las luces amarillas de su hogar, como si del brillo del ópalo se tratase. El amor y el deseo lo llena. Fuera está la ciudad con su rutina y realidad ajena a ellos.

El desea que ella esté a su lado, amándose, entregándose el uno al otro, solos. Es un amor poético y carnal. Desea tener un encuentro con ella con tiempo para leerle sus poemas. Desearía que las estancias estuvieran decoradas con piedras preciosas y elementos antiguos, como una copa. Todo hermoso, recargado de lujo y comodidad. Él la desea en esa noche fría.

Ella es su inspiración, la musa de su poesía, el centro de su universo amoroso y sentimental. Le gusta físicamente, con su tez pálida. Representa el ideal de belleza de la época, clásica, seductora, poderosa. Lo daría todo por estar con ella, a su lado.

Sin embargo, aunque el deseo del poeta es grande, está solo, frente al calor del fogón sin oropeles y sin la amada. Vuelve a desear el lujo, lo recargado, lo íntimo y el deseo. Así, nos habla del vino que bebe para encontrar la inspiración para escribir. El vino, el exceso del mismo, hace que el poeta se sienta capaz incluso de pintar el retrato de la amada.

Nuevamente hay referencias literarias al amor, al deseo y a compartir este con la amada mientras fuera hace frío. El poeta se siente como un adolescente mientras sueña con la amada, con su cuerpo, su calor, sus gestos. Desea envolverse con ella en una noche de placer bajo la luz amarilla y sus voces. Para él, lo importante es el deseo, la poesía y estar junto a ella. Con ella el calor, sin ella el frío de la soledad.


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