Elogio de la Sombra, Jorge Luis Borges

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La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.

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Análisis

“Elogio de la sombra” es el poema que cierra el libro homónimo publicado en 1969. Se trata de una pieza muy popular en el corpus borgeano por la forma en la que expresa su relación con la vejez y la ceguera. Es, de esta forma, un poema muy personal pero que logra trascender al imbricar al lector en su fuerte componente emocional. Pero es una emoción desdramatizada, ese estado de calma que alcanza un hombre cuando acepta su pasado y su presente para afrontar el futuro sin temor.

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Estas referencias un tanto tópicas al paso del tiempo nos vienen bien para introducir otro de los temas que trata “Elogio de la sombra” y que, en realidad, es una constante en la poética borgeana. Un tiempo que para él es cíclico, no lineal, por lo que un instante sería “la circularidad máxima del tiempo”.

“Elogio de la sombra” es ante todo un elogio de la vejez

Tal vez para Borges la vejez sea ese instante de eternidad, ese momento en el que se alcanza a presenciar el tiempo más allá del mismo.

En la primera parte de la pieza, el poeta nos introduce en el tema que va a tratar. No es baladí que Borges señale la vejez como el tiempo de la felicidad. En esos dos primeros versos está concentrada buena parte de la significación del poema. El autor argentino también introduce otro concepto: el alma. Ante el deterioro del cuerpo, se refuerza el alma que es más sabia y libre.

Un poco más adelante, el poema nos lleva a Buenos Aires, y su mensaje se acota. Esto es más Borges. El autor ya no puede ver Buenos Aires, pero lo siente y su ceguera le permite extraer mejor los recuerdos de su memoria. Porque “Elogio de la sombra” es, por supuesto, un poema sobre la ceguera. Para Borges, la sombra es ese estado que le ha tocado vivir desde demasiado joven.

Pero el autor argentino afronta este suceso sin aspavientos. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Para Borges, la ceguera es otra manera de ver el mundo, de revivir su pasado y afrontar el porvenir, de recordar tantas y tantas lecturas procedentes de los cuatro puntos cardinales.

Este es otro foco de significación de “El elogio de la sombra”, la literatura

La ceguera no evitará que Borges siga leyendo. Pero sus lecturas son ahora recuerdos o voces de amigos. Y seguirá escribiendo, aunque sea dictando a sus secretarias y ayudantes.

Ni la vejez ni la ceguera detienen el anhelo creador de Borges, el deseo de conocer. Y aquí está el mayor valor del poema, en la fuerza sensata que transmiten sus versos y que tal vez animen al lector a caminar entre las sombras para alcanzar nuestro centro, y algún día, pronto, descubrir quiénes somos.


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