El Remordimiento, Jorge Luis Borges

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He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

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Análisis

RemordimientoLa poesía, por suerte, no se cierra a una interpretación unívoca. Es la esencia del arte, despertar una reflexión personal fundamentada en el conocimiento, la experiencia y la sensibilidad. “El remordimiento” de Jorge Luis Borges es una de esas piezas que genera diferentes enfoques. ¿Nos quedamos en la superficie? ¿Leemos entre líneas? ¿O combinamos ambos para generar una perspectiva más amplia?

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Uno de los conceptos clave de “El Remordimiento” es la felicidad, ese bien supremo que anhela el ser humano pero que apenas logra rozar. Pero, ¿qué es la felicidad? ¿Tener? ¿Amar? ¿Ser amado? ¿Trascender? Una de las coletillas a las que más acudimos es “la felicidad está en disfrutar de las cosas pequeñas”. ¿Y qué pasa con las cosas grandes? Aristóteles lo veía así: “el hombre obtiene la felicidad en la medida en que realice una virtud, evitando todo exceso, que le permita elegir aquello que razonablemente puede hacerlo realizarse en su bien propio”.

Borges declara que su mayor pecado es no haber sido feliz. El poema nos describe la felicidad como sinónimo de vivir, de los cuatro elementos que constituyen la vida. También, la felicidad como juego, como diversión. ¿No se divirtió Borges con su arte? ¿No jugó con las palabras? Tal vez “El Remordimiento” sea un nuevo juego con (y para) el lector, un poema vestido de melancolía, de piel irónica, y alma orgullosa. Borges.

Pero volvamos atrás. En la primera estrofa, el escritor argentino invita a que le olviden, asume el castigo por su pecado. ¿O es una manera de decir que le dejen en paz? En la segunda, lamenta haber defraudado a sus padres que le dieron la vida y él la entregó al arte. Ese arte que se ocupa de todo. Y de nada. Y termina acusándose de cobarde. Traicionó el bien supremo, la vida como felicidad. Y su pecado le acompaña como una sombra hasta que los glaciares del olvido le arrastren…

Estructurado como un soneto endecasílabo clásico, “El Remordimiento” es, tal vez, una reivindicación, una mirada orgullosa hacia su pasado como escritor. Borges no siguió el plan que había para él. Vivió como quiso, sin seguir el programa. La infelicidad es su felicidad. Lo hizo a su manera, que diría Sinatra. Un desdichado que encontró la dicha en las palabras. Y es que escribir un poema para llamarse cobarde por haber dedicado su vida al arte, es una paradoja, ¿o no? Y a Borges le encantaban las paradojas.


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