Dime, Jorge Luis Borges

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Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.

Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.

Dime por favor por qué camino,
podré yo caminar, sin ser tu huella;
dónde podré correr no por buscarte,
y dónde descanzar de mi tristeza.

Dime por favor cuál es la noche,
que no tiene el color de tu mirada;
cuál es el sol, que tiene luz tan solo,
y no la sensación de que me llamas.

Dime por favor donde hay un mar,
que no susurre a mis oídos tus palabras.

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza;
dime cuál es el hueco de mi almohada,
que no tiene apoyada tu cabeza.

Dime por favor cuál es la noche,
en que vendrás, para velar tu sueño;
que no puedo vivir, porque te extraño;
y que no puedo morir, porque te quiero.

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Análisis

La pérdida es la constante de este nuevo poema de Borges. A través de varios cuartetos el poeta nos va desgranando los sentimientos hacia la amada, la amante perdida. El poeta no es capaz de desprenderse emocionalmente de ese amor y por eso, a través de los versos, le pide a ella que se diga que así como debe vivir y enfrentarse a un futuro sin ella, si su presencia, sin sus recuerdos.

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En la primera estrofa el poeta tiene presente a su amor en todos lados, como un Dios omnipresente es imposible no sentir su presencia. Cualquier lugar es un recuerdo constante, real e incluso enfermizo, que le provoca un dolor real.

La presencia de su recuerdo no llenara el vacío que el siente. Para el poeta, incluso en la soledad, cuando ya no está su presencia física frente del, el recuerdo de ella, su sombra, sigue llenando el centro de su vida. Es más, el poeta siente la presencia de la mujer amada demasiado cerca.

Para el poeta, quizás por su ceguera o por su manera de entender el amor, esta mujer que lo dejado, que lo abandonado, era una presencia esencial en su vida. Era su camino, era su punto de apoyo, su cuerpo en el que descansar física y emocionalmente.

En la cuarta estrofa, esa incapacidad de saber qué colores tiene delante, inquieta el poeta porque es consciente de que el día y la noche serán iguales, serán horas vacías, colores vacíos en los que toda presencia desaparece, toda palabra o conversación desaparecen porque la presencia de la persona amada ya no existe. La luz y la oscuridad se vuelven la misma realidad, una sensación carente de adjetivos.

La presencia es constante e incluso en los elementos de la naturaleza. Su voz, como al igual que su personal, aparece hasta en las imágenes más metafóricas, como el sonido que el viento trae de las olas cuando estas rompen en la orilla.

Pero además, la pérdida de la persona amada, también implica la pérdida de la sexualidad con ella. Ese vacío lo ocupa la casa, los muebles, la incapacidad de compartir los sentimientos y ese espacio tan sagrado y tan privado como es el dormitorio, la cama se vuelve un espacio demasiado grande y en el que las distancias compartidas se vuelven demasiado estrechas y las personas se conocen y de manera tan íntima, que cuando esa presencia de la otra persona desaparece, todo se vuelve un hueco demasiado grande e imposible de llenar.

En la última estrofa, el poeta aún guarda la esperanza de que se amor retorne, regrese a su vida porque la extraña. Incluso ese amor es tan grande para el amado, que la muerte no es una idea ni tan siquiera cercana. Es como si el poeta creyera que, el destino los une y que mientras no estén juntos, la muerte es imposible que le llegue.


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