Del Trópico, Rubén Darío

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Qué alegre y fresca la mañanita!
Me agarra el aire por la nariz:
los perros ladran, un chico grita
y una muchacha gorda y bonita,
junto a una piedra, muele maíz.

Un mozo trae por un sendero
sus herramientas y su morral:
otro con caites y sin sombrero
busca una vaca con su ternero
para ordeñarla junto al corral.

Sonriendo a veces a la muchacha,
que de la piedra pasa al fogón,
un sabanero de buena facha,
casi en cuclillas afila el hacha
sobre una orilla del mollejón.

Por las colinas la luz se pierde
bajo el cielo claro y sin fin;
ahí el ganado las hojas muerde,
y hay en los tallos del pasto verde,
escarabajos de oro y carmín.

Sonando un cuerno corvo y sonoro,
pasa un vaquero, y a plena luz
vienen las vacas y un blanco toro,
con unas manchas color de oro
por la barriga y en el testuz.

Y la patrona, bate que bate,
me regocija con la ilusión
de una gran taza de chocolate,
que ha de pasarme por el gaznate
con la tostada y el requesón.

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Análisis

El poeta se despierta. La mañana envuelve las labores cotidianas de las personas, grandes y pequeñas. Todo el trajín de los comerciantes, ganaderos, etcétera, se desarrolla como cualquier otro día. Como en cualquier otro lugar, el fuego del amor, de la insinuación, etcétera, ocurre entre personas diferentes.

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El ganado pasta bajo la luz del día, como cada mañana. Un grupo de ganado vacuno dirigido por alguien se acerca. El protagonista del poema mira todo esto desde su casa, mientras toma chocolate y más, todo ello preparado por su mujer. Todo ello hace que se despierten en nosotros recuerdos de olores.

Nuevamente estamos ante una estampa cotidiana que se refleja en un poema, en unos versos que reflejan el trajín diario en el mercado, en el que hay tiempo para preparar los puestos, para controlar el ganado y también para encontrar el amor, el encuentro entre dos miradas de las que es muy posible que pueda surgir algo hermoso.

Y todo esto ante la mirada atenta de alguien, de quien no se nos dice nada acerca de quién puede ser, su edad, etcétera. Únicamente sabemos que es un hombre que está mirando a través de su casa, puede que desde la terraza, etcétera. Lo que sí está claro es que no es una persona con pocos recursos. Parece una persona de una condición social alta, económicamente pudiente, ya que el chocolate, en el momento que parece que está situado el poema, era un bien que pocos podían tener o tomar si no tenían dinero.

Tampoco se nos dice si lo que te ve gusta o no. Entendemos que no le desagrada porque no hay ningún comentario negativo. Parece una persona que domina aquello que está viendo, observa lo que ve a su alrededor sin opinar, sin hablar, casi como si fuera un dios que intenta ver todo aquello que ocurre sin implicarse en ello, sin entrar a formar parte de ese bullicio.

El poema nos trasmite tranquilidad, ese bullicio y, al mismo tiempo, un trajín que nos envuelve de una manera positiva. No hay prisas, todo parece que se va ralentizando y, sobre todo, el amor también es un elemento importante en estos versos, ya que hay insinuaciones fugaces a través del intercambio de miradas entre algunas de las personas que trabajan en el mercado. Como parece que está ambientada en el trópico, notamos esa diferencia de rutinas, de cómo los tiempos son diferentes y todo se hace de otra manera, con otro ritmo.


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