Con Quevedo, en Primavera, Pablo Neruda

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Todo ha florecido en
estos campos, manzanos,
azules titubeantes, malezas amarillas,
y entre la hierba verde viven las amapolas.
El cielo inextinguible, el aire nuevo
de cada día, el tácito fulgor,
regalo de una extensa primavera.
Sólo no hay primavera en mi recinto.
Enfermedades, besos desquiciados,
como yedras de iglesia se pegaron
a las ventanas negras de mi vida
y el sólo amor no basta, ni el salvaje
y extenso aroma de la primavera.

Y para ti qué son en este ahora
la luz desenfrenada, el desarrollo
floral de la evidencia, el canto verde
de las verdes hojas, la presencia
del cielo con su copa de frescura?
Primavera exterior, no me atormentes,
desatando en mis brazos vino y nieve,
corola y ramo roto de pesares,
dame por hoy el sueño de las hojas
nocturnas, la noche en que se encuentran
los muertos, los metales, las raíces,
y tantas primaveras extinguidas
que despiertan en cada primavera.

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Análisis

“Con Quevedo, en primavera”, es un poema incluido en Jardín de invierno, obra póstuma publicada en 1974, pocos meses después de la muerte de Neruda. El Siglo de Oro español fue una de las presencias estéticas y temáticas habituales en la obra madura del escritor chileno. De la década de los 40 procede el ensayo “Viaje al corazón de Quevedo”, en el que Neruda explora la obra del autor español. Por ello, no sorprende que este título incluya el nombre de Quevedo.

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Muchos de los principales estudiosos de la obra de Neruda consideran que Quevedo tuvo una gran influencia en el chileno, especialmente en poemas de cuño trágico o melancólico. El tema de la muerte, habitual en la fase final de la obra de Neruda, pasa en numerosas ocasiones por el filtro quevediano. “Con Quevedo, en primavera” es un caso elocuente.

Porque este poema trata sobre la muerte y la regeneración, sobre la búsqueda de esperanza cuando el final se acerca. Y lo hace contrastando el esplendor de la primavera, símbolo clásico de la vida, con la decadencia de una vida que se apaga. Por eso, Neruda nos engaña en la primera fase del poema. Nos describe un paisaje primaveral, resplandeciente, exuberante. Es la vida, la juventud, que pasa ante los ojos del poeta. Pero el poeta no participa de esa primavera. En el verso 8 da las claves del mensaje de su poema. En su interior la llama se extingue, ya no hay primavera en él. Hay que recordar, así mismo, el elocuente título del libro: Jardín de Invierno, es la última estación de la vida.

En los siguientes versos el poeta habla de enfermedad, de amor. Pero es un amor “desquiciado”, tal vez de una persona que sufre por su enfermedad y no es capaz de consolar el alma atormentada del yo lírico. Así mismo, Neruda llena el poema de símbolos de muerte, como la yedra que sube por las paredes.

En la segunda parte del poema, Neruda apela a un tú. Ese tú probablemente sea el propio Quevedo, compañero de viaje, referente poético y experto en la materia. Experto en la muerte, tema que trató numerosas veces en su trayectoria. Es evidente que el poeta chileno expresa un lamento hacia esa primavera exterior que ya no tiene reflejo en su vida. O dicho de otra forma, la vida sigue, pero pronto lo hará sin él. Terrible experiencia a la que todo ser humano se tiene que enfrentar, algún día…

Neruda parece pedir descanso, parece solicitar reposo ante la melancolía y el miedo. Y quizás, también, la esperanza de regeneración. Como la primavera que vuelve a nacer, el poeta espera volver a vivir, aunque sea de otra forma. Tras el invierno, volver a florecer. Otra vez.


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