El Cómplice, Jorge Luis Borges

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Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.

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Análisis

Con Borges nunca se sabe. En realidad, el escritor argentino no fue mucho más contradictorio que algunos de nosotros, pero él concedió cientos de entrevistas y es normal contradecirse con tantas apariciones públicas. ¿Os imagináis que alguien nos sacase las conversaciones que tuvimos con un amigo hace 10 años? Tal vez nos arrepentiríamos de algunas cosas: “¿cómo pude decir yo eso?”

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Todo este viene a colación de que Borges señaló al final de su carrera La Cifra (1981) y El Libro de Arena como las únicas obras suyas que merecían la pena. Incluso llegó a decir que todo lo demás “debía destruirse”. Una declaración demasiado romántica para un Borges que casi siempre se mostró moderado en sus arrebatos emocionales públicos.

¿Qué es un poeta? ¿Cómo trabaja?, se pregunta Borges en El cómplice

El poema que nos ocupa pertenece a La Cifra uno de esos libros que Borges ‘salvaría de las llamas’. La temática de “El cómplice” es una de las más clásicas en la poesía. Esta pieza se pregunta: ¿qué es el poeta?, ¿qué función cumple?, ¿de dónde extrae sus motivos, sus acicates?

La explicación a los cuatro primeros versos viene en el quinto, en el cuál el yo lírico expone que está agradecido a todo lo que le sucede. También con un punto de ironía, el autor no pierde la ocasión de hacer una crítica soterrada a sus enemigos, aquellos que le crucifican, que le ofrecen una copa manchada de veneno, que le queman en la hoguera de las vanidades literarias.

El sufrimiento o el dolor también es material poético

Desde mi punto de vista, la primera parte del poema es un poco malévolo, como una reacción ante la crítica. A pesar de ser un hombre octogenario cuando publicó esta obra, Borges siempre fue una persona bastante sensible que solía ocultar su emoción bajo una pátina de erudición, ironía y falsa candidez. Borges tenía bastante maldad, como se dice en mi pueblo, pero maldad en el buen sentido, era capaz de contestar a sus enemigos con elegantes dardos venenosos.

Borges agradece cada segundo de existencia, en el final de su vida

Pero Borges recoge todo esa aflicción para transformarlo en material poético. Así trabaja el poeta, transformando la realidad en sueño, en material poético para que el lector reviva la realidad de este una óptica diferente. Así lo dice el propio poeta en el prólogo de la obra, la poesía intelectual, la de Borges, entreteje la vigilia con el sueño, las abstracciones con las imágenes y los mitos.

Borges agradece cada segundo de la vida, en el invierno de su existencia, porque a través de ella sigue creando. Borges, como poeta, se nutre del dolor y de la alegría para dar forma a su poesía. Es el cómplice de la vida.


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