En Mi Barrio, Juan de Dios Peza

Publicidad
Sobre la rota ventana antigua
Con tosco alféizar, con puerta exigua,
Que hacia la oscura callejada,
Pasmando al vulgo como estantigua
Tallada en piedra, la santa está.

Borró la lluvia los mil colores
Que hubo en su manto y en su dosel;
Y recordando tiempos mejores,
Guarda amarillas y secas flores
De las verbenas del tiempo aquel.

El polvo cubre sus aureolas,
Las telarañas visten su faz,
Nadie a sus plantas riega amapolas,
Y ve la santa las calles solas,
La casa triste, la gente en paz.

Por muchos años allí prendido,
Único adorno del tosco altar,
Flota un guiñapo descolorido,
Piadosa ofrenda que no ha caído
De las desgracias al hondo mar.

A arrebatarlo nadie se atreve,
Símbolo antiguo de gran piedad,
Mira del tiempo la marcha breve;
Y cuando el aire lo empuja y mueve
Dice a los años: pasad, pasad.

¡Pobre guiñapo que el aire enreda!
¡Qué amarga y muda lección me da!
La vida pasa y el mundo rueda,
Y siempre hay algo que se nos queda
De tanto y tanto que se nos va.

Tras esa virgen oscura piedra
Que a nadie inspira santo fervor,
Todo el pasado surge y me arredra;
Escombros míos, yo soy la yedra;
¡nidos desiertos, yo fui el amor!

Altas paredes desportilladas
Cuyos sillares sin musgo vi,
¡cuántas memorias tenéis guardadas!
Níveas corinas, jaulas doradas,
Tiestos azules… ¡no estáis aquí!

En mi azarosa vida revuelta
Fue de esta casa dueño y señor,
¿do está la ninfa, de crencha suelta,
de grandes ojos, blanca y esbelta,
que fue mi encanto, mi fe, mi amor?

¡Oh mundo ingrato, cuántos reveses
en ti he sufrido! La tempestad
todos mis campos dijo sin mieses…
La niña duerme bajo cipreses,
Su sueño arrulla la eternidad.

¡Todo ha pasado! ¡Todo ha caído!
Sólo en mi pecho queda la fe,
Como el guiñapo descolorido
Que a la escultura flota prendido…
¡Todo se ha muerto! ¡Todo se fue!

Pero ¡qué amarga, profunda huella
Llevo en mi pecho! … ¡Cuán triste estoy!…
La fe radiante como una estrella,
La casa alegre, la niña bella,
El perro amigo… ¿Dónde están hoy?

¡Oh calle sola, vetusta casa!
¡angostas puertas de aquel balcón!
Si todo muere, si todo pasa
¿por qué esta fiebre que el pecho abrasa
no ha consumido mi corazón?

Ya no hay macetas llenas de flores
Que convirtieran en un pensil
Azotehuelas y corredores…
Ya no se escuchan frases de amores,
Ni hay golondrinas del mes de abril.

Frente a la casa la cruz cristiana
Del mismo templo donde rezó,
Las mismas misas de la mañana,
La misa torre con la campana
Que entre mis brazos la despertó.

Vetusta casa, mansión desierta,
Mírame solo volviendo a ti…
Arrodillado beso tu puerta
Creyendo loco que aquella muerta
Adentro espera pensando en mí.

>> Siguiente >>

Análisis

Estamos ante uno de sus poemas en los que el autor nos traslada a otra época, un momento de felicidad, de color, de muchas vivencias sociales, familiares, personales e íntimas. Sin embargo, el contraste entre la realidad y los recuerdos es muy fuerte y, en cierto modo, abre una ligera grieta en su alma y una cierta tristeza se apodera de él, encontrando dudas en sus creencias religiosas.

Publicidad

El poeta nos sitúa espacialmente, describiéndonos algunos detalles de las calles por las que ha pasado o que recuerda. El lugar más importante es un espacio donde hay imagen religiosa, una santa. El tiempo ha hecho mella en el color de sus vestiduras y los adornos ahondan en esa sensación de deterioro.

El tiempo ha olvidado a esta imagen y nadie se acerca a cuidarla o venerarla. Tampoco la quitan en procesión. La única ofrenda no parece tal y se asemeja a una suciedad que ha quedado sin limpiar. Aunque abandonada, es un símbolo de bondad y nadie la ha intentado robar. Para el poeta, esa imagen ha quedado reducida a algo sin valor, que resulta prescindible.

Sin embargo, aun con esa imagen triste de la virgen, el poeta recuerda vivamente su niñez, su juventud. Recuerda el lugar lleno de color, limpio y con los dorados de adornos y ropajes, algo que ya no existe. Ese lugar fue importante para el poeta. Al ver cómo está actualmente siente menguar su fe. S u primer amor, que conoció allí, está muerta y enterrada, de ahí la mención a los cipreses, tan comunes en los cementerios y cuya presencia en ellos se debe a que sus raíces crecen hacia abajo, evitando así que estas levanten las tumbas.

Aunque tiene fe, siente que no le queda nada. También se da cuenta de que todo lo relacionado con su infancia también ha desaparecido. Su barrio y sus recuerdos ya no están, todo ha cambiado pero… parece que algo queda, aunque se ha convertido en una zona sin vida y sin memoria. La Iglesia sigue con los mismos rituales, sin embargo, el poeta reconoce su antigua casa y se da cuenta de que los recuerdos no han desaparecido, siguen presentes, incluso los de ese amor perdido.


Volver Inicio