Ausencia, Gabriela Mistral

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Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!

¡Se nos va todo, se nos va todo!

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Análisis

A través de los versos de este poema, el mismo protagonista nos va mostrando el proceso de separación hacia la persona amada. La ausencia es en realidad un camino que, poco a poco, se va trazando y que van evolucionando a través de las estrofas.

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En la primera estrofa, que parece una copla pero con versos de arte mayor, la protagonista inicia el proceso de separación, ausencia, desde el punto de vista físico. Así así, la evolución pasa del final de la sexualidad, esa evaporación gota a gota del sudor de ella; pasa por el ignorar su conversación, la complicidad, cortándose artísticamente la oreja, como Vang gogh, lo que le ha provocado la sordera emocional; continúa como un suicidio ficticio a través del mercurio y, finalmente desaparece rápidamente dejando solo polvo, neblina, ceguera, etc. como si fuera una moto a la carrera.

El primer verso suelto es como una reafirmación y acusación de que es ella la culpable de que todo termine para él y para su relación, no en cambio para ella.

En la siguiente estrofa, en este caso de seis versos, el proceso de separación continúa desde el punto de vista sensible. La voz de la protagonista se vuelve muda y deja de ser una prolongación de la voz del amado. La sumisión al amor por parte de ella desaparece y el tacto, la demostración de afecto que envolvía ese amor mediante gestos se acaba. Finalmente, ese amor ciego, entregado ya no existe y, con él, la imagen que para ella tenía el amado: sinceridad (el enebro) y la virilidad (el olmo). Va rebajando, de forma gradual, todo tipo de sentimiento afectivo hacia la mano.

En la siguiente estrofa, en primera persona, ahora se dirige a la mano como si éste estuviera presente. Ya es ella la que toma la iniciativa y le habla de tú a tú y le expresa, los motivos de su marcha tomando como referencia los motivos masculinos del amado, con tus mismos alientos. El amor se pierde como sudor que se evapora. Se va de su lado cansada y con la sensación de no ser capaz de dormir por la preocupación que le supone estar pensando en su relación. Se va porque él cree que ella nunca se irá de su lado, que no puede dejar de serle fiel. El final de la estrofa es bastante terrible porque expresa que no quiere quedar en su memoria con una metáfora muy directa: los no nacidos quedan siempre en la memoria de las mujeres que han pasado por esa experiencia y, de la misma manera, ella quiere que su recuerdo sea el de una persona que no ha estado su vida.

La última estrofa es una separación, casi desde el punto de vista religioso o místico. La referencia a las llagas de Cristo; al beber de la copa en la última cena, el vino dulce, sabiendo que va a traicionar a su maestro y, como punto final, todo el sufrimiento y calvario de la pasión de Jesús.

Finaliza el poema con último verso suelto, en el que remarca nuevamente que todo termina, que todo desaparece.


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