Amorosa anticipación, Jorge Luis Borges

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera, quizá,
como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí.

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Análisis

En este poema de Borges la temática del amor varía con respecto a otros poemas, en los que la relación amorosa era fuente de separación y desdicha del poeta. En esta ocasión, la relación amorosa se ve desde un punto de vista idílico, íntimo y casi artístico.

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No estamos ante una relación de pareja joven, sino ante un amor maduro que, para el poeta, sigue siendo joven, lleno de intimidad y fresco. Tiene esa mezcla de amor de juventud, casi infantil y, al mismo tiempo de intimidad que tiene una relación de dos personas adultas.

Entre los dos amantes hay la complicidad en muchos aspectos, desde la conversación de ambos hasta al estar juntos sin tener que decirse nada. El poeta ofrece casi una imagen virginal de la amada, en el sentido de que esta se nos muestra como un virgen que cuida de su hijo, pero en este caso es el hijo el que cuida de la madre. Aun así, ese brillo, que se augura que envuelve de religiosidad a la virgen se aplica metafóricamente a la amada, como una virtud propia esta.

La metáfora de la mujer como una playa también es parte de la imagen que el poeta tiene sobre su amada. La orilla, el lugar al que siempre acude el amado para sentir el mar, el romper de las olas en la arena de esa orilla, etc., es una constante en muchos poemas.

La amada se iguala no sólo la orilla, sino a la playa entera. Casi se unifica la imagen de la amada con la imagen de un paisaje que el poeta admira cada día y disfruta en todo momento. Para el poeta mirarla a ella, a ese paisaje, es la primera y al mismo tiempo la última vez, es como un nacimiento y una pérdida diaria, para renacer al día siguiente nuevamente.

Y sin embargo, al final del poema, cuando todo parece que es positivo el poema y que el amor lo invade, lo llena, aparece la negatividad del amado, el poeta que ante esa realidad de amor que lo envuelve, tiene la imagen recurrente de la pérdida.

De la misma forma que Dios perdió a su hijo y, como consecuencia de esto, la humanidad perdió a su salvador, el poeta tiene presente que antes o después ella se irá, lo dejara y él se quedará sólo. Es como si fuera consciente de que su relación tiene fecha de caducidad y ésta marca toda esa necesidad de vivir una relación de una forma tan fuerte.


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