Amor Eterno, Gustavo Adolfo Bécquer

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Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.

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Análisis

Dicen que los poemas de Bécquer solo se pueden disfrutar si estamos enamorados. Tal vez sea así. Podemos hacer la prueba. ¿Pasas una de esas etapas en las que ya no crees en el amor? Lee Amor Eterno. Es muy probable que después de hacerlo creas aun menos en él. Así es la obra de Bécquer, solo para lectores apasionados.

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El escritor andaluz (1836-1870) vivió de espaldas a las corrientes literarias triunfantes en su época. Mientras el Romanticismo languidecía y el Realismo tomaba el testigo, especialmente en la narrativa, Bécquer se fascinaba con la pasión que destilaban las obras de Espronceda, Byron o Heine. Este es uno de los rasgos más importantes de la obra del poeta sevillano: su determinación para construir un estilo propio al margen de las modas. Cuando a finales de los 50 y principios de los 60, Bécquer empezó a fortalecer su estilo, pocos le prestaron atención, especialmente entre el gran público. No fue hasta después de su muerte cuando sus poemas alcanzaron el prestigio que aun hoy mantiene.

Amor Eterno pertenece a su colección de Rimas. Se trata de una pieza que sintetiza a la perfección la manera del sevillano. Él mismo definió de forma elocuente su visión sobre las diferentes formas de acercarse a este género literario: “Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua. (…) Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, (…) es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión”.

No es posible definir mejor su poesía que través de esas líneas. Amor Eterno, como otras de sus piezas, huye del artificio, de la pompa, de las complicadas figuras poéticas. Se abandona libre y sencilla a la expresión de un sentimiento enérgico, intenso. El amor como una chispa eléctrica que recorre el sistema nervioso hasta iluminar el alma con el resplandor de la belleza absoluta. Esa belleza que solo se percibe cuando el alma está enamorada.

Amor eterno se inicia con tres versos y una anáfora. Podrán subvertirse los fenómenos de la naturaleza, podrá suceder cualquier cosa ahí fuera, que este amor no se extinguirá. El yo, como siempre, base de la lírica romántica. Un yo que aspira a la trascendencia, que no teme a la muerte, más al contrario, la ronda cada día. Porque como todo poeta romántico sabe, en este mundo no hay más que amor y muerte. Y para Bécquer, el amor es, en última instancia, la única fórmula para trascender a la muerte.

El poeta sevillano lo logró. Sus pasionales rimas, sencillas, casi ingenuas a los ojos de un lector del siglo XXI, siguen siendo los versos preferidos de muchos enamorados, esas personas que logran ver un poco más allá que el resto de los mortales.


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