Algunas bestias, Pablo Neruda

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Era el crepúsculo de la iguana.

Desde la arcoirisada crestería
su lengua como un dardo
se hundía en la verdura,
el hormiguero monacal pisaba
con melodioso pie la selva,
el guanaco fino como el oxígeno
en las anchas alturas pardas
iba calzando botas de oro,
mientras la llama abría cándidos
ojos en la delicadeza
del mundo lleno de rocío.
Los monos trenzaban un hilo
interminablemente erótico
en las riberas de la aurora,
derribando muros de polen
y espantando el vuelo violeta
de las mariposas de Muzo.
Era la noche de los caimanes,
la noche pura y pululante
de hocicos saliendo del légamo,
y de las ciénagas soñolientas
un ruido opaco de armaduras
volvía al origen terrestre.
El jaguar tocaba las hojas
con su ausencia fosforescente,
el puma corre en el ramaje
como el fuego devorador
mientras arden en él los ojos
alcohólicos de la selva.
Los tejones rascan los pies
del río, husmean el nido
cuya delicia palpitante
atacarán con dientes rojos.

Y en el fondo del agua magna,
como el círculo de la tierra,
está la gigante anaconda
cubierta de barros rituales,
devoradora y religiosa.

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Análisis

Así como la naturaleza en el paisaje y la literatura latinoamericana es importantísimo, no menos importante es su bestiario y como este, unido a los conceptos de naturaleza, hacen que, en muchas ocasiones, la mera descripción de un animal o una zona, hace que se creen momentos en los que se funden y unen lo real y lo mágico. En este poema podemos notar eso a través de la enumeración animal que realiza Pablo Neruda en el poema.

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En este caso, podemos ver la naturaleza desde el punto de vista de la iguana. El porqué de la utilización de este animal es, desde mi punto de vista, porque puede observar todo lo que le rodea desde todos los ángulos, ya que su visión se lo permite. Además, los colores de su piel, la capacidad de camuflarse entre la naturaleza, le hace un observador único.

Vemos cómo aparecen las hormigas, que al poeta le parecen una procesión religiosa. El guácano, con su piel clara que parece oro, como si fuera el vellocino y, junto a la llama, nos sitúa la imagen de la gran altura en la que está ese país y de cómo ha sido un lugar, desde el punto de vista cultural y humano, muy importante.

Los monos, casi humanos, son descritos en sus juegos y caricias en la selva. El caimán sólo sabemos que existe cuando sale a respirar y lo tenemos ya frente a nosotros. Los felinos, como el jaguar o el puma, se le reconocen por el brillo de la luz reflejada en sus ojos. Pero para ello hay que ser como los felinos, algo que nunca podremos llegar a ser y por eso siempre tendremos el miedo de que nos acechen en la oscuridad. Se nos habla del tejón y de cómo este se ocupa de su alimento.

Al final del poema aparece un animal, la anaconda. Pero es este animal, el último, el que nos hace darnos cuenta de que hemos pasado a un plano mucho más espiritual, místico o mágico, como queramos denominarlo. Porque la anaconda no solamente es una serpiente, sino que en el bestiario y la mitología latinoamericana, es algo mucho más. El agua es la vida y la anaconda es la madre de los ríos, es la vida y como tal es quien engendra y da origen al hombre, a la humanidad.


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