Alguien, Jorge Luis Borges

Publicidad
Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.

Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.

Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

>> Siguiente >>

Análisis

El tiempo pasa para todos y el poeta se ve a sí mismo desde la distancia cuando llega una cierta edad, cuando puede juzgarse asimismo aceptando su vida tal cual ha sido.

Publicidad

Así, el poeta habla de sí mismo como un hombre cuya piedra sido marcada por su propia vida. Un hombre que no espera la muerte porque es consciente de que nadie se inmortal, de que vivir para siempre es imposible, no sólo físicamente, sino también en el recuerdo o en el legado que uno pueda dejar.

En los últimos años de la vida de una persona, en este caso del poeta, es consciente al final de sus días de la importancia de los pequeños momentos y de las pequeñas cosas que nos rodean. Un día nuevo es un día más que vivimos; el poder de las pequeñas rutinas a la hora de sentirse vivo están más presentes; los sabores, los olores, los sentimientos se potencian; los versos corren más libres, extendiéndose más cultura, además vivencias, de más conocimiento que incluso aportamos nuevos significados a las palabras, que no tienen nada que ver con su origen, creando así nuevas metáforas.

El amor también está presente en estos últimos años y el recuerdo de las mujeres que hayan pasado por su vida también. Lo importante es que son unos recuerdos que se ven desde un punto de vista objetivo, como dice el poeta “sin amargura”. Cuando uno es abandonado sufre y, en muchas ocasiones, llena de reproches a la otra persona. Pasado el tiempo, en la madurez con la vejez, es cuando nos damos cuenta de los errores que hayamos podido cometer.

El poeta es consciente de que el día en el que vive es el futuro más cercano y, al mismo tiempo es el principio que su propio partido. Es entonces cuando recuerda los momentos en los que él no se comportó de una manera leal, como amigo o como apoyo de alguien, pero también recuerda a las personas que hicieron sufrir.

Como parece interpretarse, es soltar lastre, el ser una persona que mira su vida con la sencillez de la realidad y no sólo con el sentimiento, hace que asume una felicidad sólo comparable a cuando éramos niños, cuando no teníamos las preocupaciones que el tiempo nos va a colocando sobre nuestros hombros. Esa esencia que nos devuelve una sonrisa a los labios y que nos hace sentir la felicidad, como si Dios estuviera presente a nuestro lado, pero no un Dios como el que da la imagen del catolicismo. Un dios más difuminado, más infantil más todopoderoso y misericordioso.

Pero esa felicidad sabemos que es pasajera, no debemos tomarla como algo que volver a nosotros sino que es algo que aparecen en ciertos momentos y que, desgraciadamente, cuando se vaya nos hará sentir, como dice el poeta, “desdichado”. Sin embargo, esos momentos de felicidad los recordaremos para siempre porque son como ráfagas de viento que aparecen en el momento más inesperado: al adentrarnos en una calle, junto al mar, etc.

Para el poeta, al final de nuestra vida, lo único cierto es que la muerte nos devolverá a la tierra, al polvo y es en ese momento, cuando sabremos si el cielo o el infierno son verdad o mentira.


Volver Inicio