Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, Jaime Sabines


 

Análisis de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines

Jaime Sabines (1926-1999) nos dejó bajo este título un conmovedor y sincero poema. Dicho poeta perteneció a la generación de poetas mexicanos de mitad de siglo. Sabines se dedicó desde muy joven a las letras y, además, le fue inculcado por parte de su padre un gran amor por la lectura. Y es precisamente a su padre, el Mayor Sabines, a quien dedica este extenso poema.

Se trata de un poema muy peculiar debido a que a medida que se desarrolla, el poeta va sorprendiendo al lector con nuevas y casi inimaginables formas métricas. La temática ofrece una unidad evidente: aquello que para él supuso la muerte de su padre; pero tanto el estilo como el vocabulario empleado son genuinamente originales.

Es un poema ideal para aquellos que comienzan a leer a Sabines, ya que se muestra el universo existencial del autor, los miedos y angustias que irá desarrollando a lo largo de toda su obra y un estilo muy personal

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines podría considerarse un poemario y no únicamente un poema, ya que consta de casi quinientos versos. Estos versos están divididos en dos partes, la primera de las cuales es bastante más extensa que la segunda. Y a su vez cada una de las partes se compone de diecisiete y cinco poemas respectivamente.

El poeta comienza reconociendo el agotamiento físico, emocional y psicológico que sufre ante la dolorosa y terminal enfermedad que está matando a su padre

A lo largo de todo el texto irá describiendo tanto el sufrimiento de su padre como el que a él lo acompaña, lo persigue, lo asfixia. En la primera parte los versos demuestran que Sabines se niega a aceptar la muerte de su padre, y dedica varias estrofas al cáncer, al sufrimiento y al vacío existencial que sufre todo aquel que ve a sus seres queridos morir. Asocia en esta primera parte la muerte a conceptos como los siguientes: vejez, soledad, oscuridad, vacío, silencio, canas… y constantemente se burla de la condición de Dios.

Mantiene desde el principio la metáfora de un árbol cuyo tronco sería su padre y él y sus familiares las ramas (versos 14-15); e irá entretejiendo esta metáfora con el resto de las figuras literarias hasta el final. Así, por ejemplo, vemos palabras como: sombra, ramas, frutas, raíz, plantas, árbol frutal o leña… es decir, juega con este campo semántico tratando de mantener fresca en la memoria del lector la idea de que su padre es el tronco y ellos son las ramas que de él brotaron y que con él se caerán. Esta primera parte del poema está llena de paradojas: “Debajo de la tierra (…)” (versos 189-191) y se caracteriza por el pesimismo, la angustia y el vacío que experimenta el autor; hasta el punto de que llega a reconocer que no está escribiendo en absoluto pensando en un lector o porque quiera plasmar un sentimiento de manera artística, sino porque es, quizás, la única forma que tiene de sentir un poco de consuelo (versos 149-156).

Cabe destacar el poema VII, pues con él está reconociendo que a pesar de que culpa a Dios de la muerte y que no siente en Él refugio alguno, busca un ser superior al que dirigirse y al cual rogar misericordia. Se dirige a la tierra como si fuera la protectora de su padre y hace una especie de oración. Esto nos muestra su debilidad y la debilidad de todo ser humano ante la muerte (versos 172-182).

En el poema número XII comienza a percibirse cierto cambio en la perspectiva de la situación

Ahora parece que el autor está empezando a aceptar el hecho de que su padre ya no exista y hace una descripción de la muerte algo menos rencorosa y con más filosofía (versos 256-269).

Podemos observar, pues, que no fueron todos los versos escritos en la misma fecha y por ello sus sentimientos han evolucionado. Sabemos que su padre murió en octubre y que un mes después habría sido su cumpleaños. Es el propio autor el que señala la fecha en el verso 312 “(Noviembre 27)” y en los siguientes versos se dirige directamente a su padre para contarle que todos se reunieron en su nombre y lo recordaron (versos 313-327).

Los últimos cinco poemas de la primera parte están dedicados, de nuevo, a su padre

Se sincera con él con las más entrañables de las palabras y haciéndonos sentir que no puede dejar de pensar en su padre como si siguiera vivo.

En la segunda parte, que comienza tras 341 versos, describe los sentimientos de la familia con cierta distancia. Explica el autor que ha pasado el tiempo: “mirado a través de las noches (…) Un día sin ojos” (versos 4-6); “cada vez más igual tu carne que tu traje” (verso 13) y que lo sigue extrañando como el primer día; pero se percibe en sus palabras que su herida no está ya tan fresca y que ha tenido tiempo para reflexionar, pensar y aceptar. Así, mientras que al principio decía: “¡A la chingada las lágrimas!” (versos 87-88 de la primera parte), ahora dice: “Quiero llorar a veces…” (versos 28-30 de la segunda parte).

También puede observarse una mejoría en el tono para referirse a Dios; y cómo logra el poeta reconocer que así es el devenir de la existencia humana. Llaman especialmente la atención los versos 65-67: pues mientas que en el pasado le pedía que volviera, que no se marchara, ahora le relata a su padre cómo le echó encima “tierra, piedras, lágrimas” para que ya no saliera más.

Los tres últimos poemas están cargados de reflexiones metafísicas sobre la muerte, el devenir y la realidad, y alguna que otra nota biográfica (verso 83)

Después de todo lo sufrido, llorado y exasperado, Sabines maduró y se fijó con más detenimiento en la figura de su madre, a la cual se refiere, y manteniendo hasta los últimos versos la metáfora del tronco del árbol, como “árbol frutal a un paso de la leña” (verso 115). Y termina el poema reconociendo que “es en vano llorar” (verso 120) porque sólo se llora y se sufre para uno mismo.

Con tan sinceras palabras y escribiendo de verdad como se piensa cuando se sufre (a pesar de en ocasiones nuestro autor emplee algunas palabras coloquiales en demasía), Jaime Sabines logra estremecer al lector y hacerlo imaginar cuán duro es perder a un padre y verlo morir día a día. Experiencias como estas son las que hace al ser humano pararse a reflexionar sobre la muerte, Dios, la pérdida de la juventud o la soledad. La belleza de este poema radica en que su autor logra mostrarnos el lado más triste del ser humano y el vacío existencial que sentimos ante la muerte y nos enseña, a su vez, que sólo gracias a la misericordia del paso del tiempo podemos superar nuestras aflicciones.

Analizado por Victoria en Poemas.de