A un Poeta Menor de la Antología, Jorge Luis Borges


 

Análisis de A un Poeta Menor de la Antología

“La gloria es una de las formas del olvido”, escribió Borges una vez. ¿Para qué escriben los escritores? ¿Por una necesidad de expresión artística, por alcanzar el elogio del prójimo, por aparecer en las antologías literarias? ¿O hay un poco de todo?

Pero qué sucede si nuestros poemas no son más que una nota a pie de página, si nuestros textos no atraen la mirada de los críticos o de los lectores, si se pierden en el inmenso magma de las letras impresas (o virtuales). ¿Merece la pena?

¿Merece la pena escribir si nuestros textos no trascienden?

A todas estas preguntas trata de dar respuesta el poema de Borges titulado “A un poeta menor de la antología”. Y una de las primeras sensaciones que surge en el lector cuando termina de leer la pieza es: ¿se está refiriendo a sí mismo? Sí y no.

A nivel de autoestima, Borges no era muy diferente de muchos de nosotros. Tenía días mejores y peores. Célebre es, por ejemplo, su relación con el premio Nobel, con ironías como: “yo siempre seré el futuro Nobel”. Siempre era favorito, pero nunca se lo daban…

Borges se dirige en este poema a un escritor olvidado

De cualquier forma, el yo lírico de “A un poeta menor de la antología” se dirige a un tú, que puede ser cualquiera que se haya sentido mediocre u olvidado en su faceta artística o literaria. Puedes ser tú, puedo ser yo, o puede ser el propio Borges, dependiendo del día…

El poema (perteneciente a El otro, el mismo de 1964) se abre con una estrofa que sitúa al protagonista, al poeta menor, en un etapa avanzada de su carrera, en la que mira con nostalgia a un pasado más brillante. Borges es duro en la segunda estrofa, señalando que el poeta no es más que una referencia en un libro, no está ya en boca de todos, si es que alguna vez lo estuvo.

¿La gloria, el triunfo, está en el olvido, en el fracaso?

La tercera estrofa es clave ya que muestra ese mensaje doble que está detrás del poema: el poeta menor ya no le importa a nadie, pero una vez, al menos una vez, vio la belleza y la supo plasmar en un poema. Para siempre.

Después refuerza la misma idea en la quinta estrofa, una idea, de cualquier forma, compleja y ambigua, tal vez irónica, si interpretamos el poema desde otro prisma. Pero en nuestra opinión, Borges está exprimiendo el concepto con el que hemos iniciado este texto: la gloria es una de las formas de olvido, que nos recuerda aquella otra frase de Leopoldo Panero: “el fracaso es el más resplandeciente de los triunfos”.

Y al final, el poema, ofrece otra clave interpretativa: la luz de la gloria marchita la rosa, la fama puede destruir al poeta y a su obra. Mejor ser mediocre, auténtico, libre para hacer eterna la belleza del instante. Y es que el poeta menor, en el fondo, es un afortunado… según Borges.

Analizado por David Rubio en Poemas.de