A la Izquierda del Roble, Mario Benedetti


 

Análisis de A la Izquierda del Roble

En un jardín botánico nos sentimos parte de lo que allí está, de la naturaleza plantada. Pero tenemos que aislarnos del exterior para sentirlo más, como si estuviéramos lejos de la ciudad. Para el poeta, este lugar atrapa a quien lo visita y, con el tiempo, los insectos y la tristeza se unen a nuestra presencia.

Cuando sentimos los árboles, sentimos a las aves que los anidan y el cielo. Nos fijamos en los pequeños detalles. En el jardín botánico las conversaciones son trascendentes y el amor está presente. El poeta ve una pareja que conversa, pero apenas habla, porque todo se expresa con la mirada.

Al poeta le gusta ver a estas parejas e imaginar las conversaciones o intuir si están alegres, cómodos o tristes. Siente que el muchacho habla de algo bello. El joven le dice a la muchacha que es feliz porque la quiere y piensa en ella. Los sonidos de la ciudad que se escuchan no importan y es como si no se oyeran. Él la quiere. Su trabajo no le gusta por el ambiente y la presión del mismo, pero cuando está a su lado sabe qué es el amor.

Es menos creyente que la muchacha, además de que siente a Dios lejos de él. Vuelve a repetir que la quiere, pero está triste porque quiere estar más tiempo a su lado teniendo una relación más fuerte, con gente en común, etcétera. Ha dejado atrás su infancia, ya se siente mayor, un hombre y, al verla, se ha enamorado de ella y quiere que le corresponda, desea compartirlo todo con ella.

El poeta se dirige al lector para decirle que es tal el amor sincero que hay entre ambos, que Dios, como los antiguos dioses de la mitología, se cela de sus sentimientos y busca separar a los amantes. Es entonces cuando él se sorprende al ver que la joven, con sus gestos, parece que lo rechaza, que no corresponde a ese amor.

El muchacho entonces habla nuevamente. Se da cuenta de que su amor fue sólo un amor de juventud y que de él ya no queda nada. Casi no recuerda aquellos momentos excepto la risa de la joven cuando era niño. Siente tristeza en su interior.

Le gustaría que fuera posible recuperar ese amor, pero ya siente que ella no quiere hacerlo. El pasado quedó atrás. Ese niño, esa ilusión, ha muerto. Lo único que queda es pensar en lo que pudo haber sido y ya no es, compartir momentos con ella y nada más, sin pensar en amar.

Todo parece quieto, parado en el jardín botánico. Cuando llueve, este despierta con los sonidos, los aromas y las plantas que van creciendo. La lluvia moja al poeta como si viviera en la calle. Para marcharse o andar por este jardín, hay que hacerlo tranquilo, para no alterar o destruir nada de lo que hay.

El poeta ve que los muchachos, aún con lluvia, no se van y siguen conversando. Cuando llueve no queda nadie y los que quedan, es como si no fueran seres humanos, como si fueran parte de ese jardín. El poeta desea quedarse y termina el poema en este momento, invitando al lector para que lo dejemos solo.

Analizado por Susana en Poemas.de